Intervención del Rector Universidad Tecnológica de Pereira 

IV CONGRESO DIOCESANO DE EDUCADORES 

Pereira, Universidad Católica Popular del Risaralda 

Pereira, 9 de octubre de 2009 

Me han pedido una intervención en esta importante reunión de educadores católicos y he querido a riesgo de repetirme compartir con ustedes algunas ideas que he tenido oportunidad de exponer y que a mí juicio encajan perfectamente al responder a evidencias y realidades fruto de mi experiencia como educador y como dirigente universitario. 

Se dice que estamos en la era de la información y del conocimiento, esto ya es un lugar común; sin embargo, como afirma Manuel Castells, todas las épocas han sido épocas de información y conocimiento, la humanidad siempre ha estado produciendo información y conocimiento; lo nuevo de esta época es la velocidad con la que ellos se producen, a tal punto que hoy en día los seres humanos, de manera individual, son incapaces de abarcarlos y menos aún de seguir la huella que el conjunto de ellos va dejando. 

Los cambios que antes requerían centurias, ahora se dan en décadas: la aceleración de la historia, es una realidad apabullante. 

El paradigma no es el enciclopedismo y la erudición; lo nuevo del saber no es acumularlo, es más bien saber acceder al conocimiento y a la información, saber buscarlos y usarlos. 

La diferencia, también está en la rapidez con que se difunde la información; antes, la información estaba consignada en espacios cerrados, era limitada en su acceso; hoy en día, disponer de la información es un privilegio relativo. Las redes y el Internet están al alcance de un mayor número de personas todos los días y el crecimiento de la conectividad y la banda ancha es exponencial. 

La educación ni es capaz, ni puede pretender abarcarlo todo; los estudios deben ser generalistas enseñando lo básico, lo fundamental. La especialización debe ser vertical. Las especializaciones, las maestrías, los doctorados deben apuntar hacia la especialidad. 

Los currículos en pregrado deben atender a lo básico. Es imposible rellenar los programas con el nuevo conocimiento que aparece; o abrir un programa académico diferente cada vez que el conocimiento se especializa. 

Los currículos con contenidos atiborrados no producen sino desencanto y frustración; es preferible saber unas pocas cosas muy básicas que llenarse la cabeza con asuntos que se olvidan y jamás se utilizan. 

En física se deben enseñar las leyes fundamentales, dejar poco espacio a las florituras y al lucimiento innecesario de los docentes. 

En matemáticas, se deben saber los razonamientos matemáticos y los procedimientos, no los artificios; nos volvimos fanáticos de la estratagema, del rebusque. Ello ha cerrado puertas a mucha gente, y alejado a mucha otra de ciertas disciplinas que requieren fundamentación matemática. 

Los contenidos deben asociarse más a lo fundamental que a lo casuístico o accesorio. 

Hay que buscar la trasdiciplinariedad, es decir, el diálogo entre las disciplinas, antes que encerrarse en disciplinas cerradas, compartimentadas. Las asignaturas opcionales deben ser tan diversas que le permitan a los estudiantes de uno u otro programa moverse a lo largo y ancho de los campos disciplinares. 

Las ciencias humanas, el humanismo es condición esencial; hay que acercarse a la filosofía, a las letras, al arte, a lo espiritual, no todo ha de ser curricular. 

De otro lado, este mundo acelerado, que cambia los referentes entre generaciones, que derrumba muros y barreras ideológicas sin piedad, requiere de seres humanos capaces de asimilar y promover los cambios. La clave del progreso colectivo e individual está en ello. 

La juventud está obligada a ser pro activa, a poner contra la pared lo viejo sobre la base de presionar los cambios, no sobre la base de contenerlos. 

Cuando las transformaciones en la sociedad duraban centenares de años, se podía ser exitoso asumiendo una posición reactiva; hoy por hoy, es un suicidio. De una generación a otra los cambios son ostensibles. 

Son muchas las cosas que han cambiado en unos cuantos años; veamos algunos contrastes:

En el mundo Universitario, antes pensábamos en pedirle recursos al Estado como única vía de financiación; hoy pensamos en buscar recursos propios, en facturar y aunque sobreviven algunas actitudes facilistas, son apenas consignas hueras que van en contravía de las tendencias mundiales. Esto no implica por supuesto eximir al Estado de su responsabilidad con la población vulnerable. 

Antes, pensábamos en aumentar los cupos para avanzar en cobertura como lo fundamental, ahora descubrimos que la deserción es la clave. 

Antes, pensábamos en lo socioeconómico como el causante de la deserción; hoy, pensamos en la adaptación al medio universitario, en la salud mental, en el desencuentro con las carreras, en la articulación con los niveles precedentes. 

Antes, pensábamos en los contenidos, le rendíamos un culto desbordado al conocimiento en sí; hoy, pensamos en las competencias, en el saber hacer. Competencias que además son dinámicas todos los días aparecen nuevas habilidades que es necesario poseer. 

Antes, teníamos un concepto unitario de inteligencia, hoy, sabemos que hay varias inteligencias y que la emocional y la actitudinal tienen un peso muy grande en el desempeño de las personas. 

Antes, pensábamos en la productividad como paradigma de eficiencia; hoy, pensamos en el cliente y en lo social como condición ineludible. 

Antes, pensábamos en lo local, en lo regional; hoy, estamos obligados a pensar en lo global. 

Antes, la segunda lengua era una excentricidad, un atributo diferenciador para las élites; hoy, es una necesidad general que se vuelve meta de los sistemas educativos. 

Antes, la presencialidad era considerada requisito de una oferta de calidad; hoy, la virtualidad se volvió natural y complementaria para una buena oferta de calidad. Es más, aprendimos a diferenciar entre el significado de lo virtual que para nosotros era lo irreal, lo imaginario, lo fatuo. 

Antes, los diplomas, los títulos eran suficientes; hoy, hay que certificar los saberes y con vigencia limitada. Las actualizaciones o recertificaciones son absolutamente indispensables. 

Antes, teníamos modelos de desarrollo alternativos al capitalismo, para algunos el socialismo era la solución; hoy, ninguno de los dos es solución. El mundo entero busca nuevos esquemas de organización social y productiva. No hay recetas únicas. 

Antes, las utilidades de las empresas lo definían todo en el mundo empresarial; hoy, la responsabilidad social y la sostenibilidad ambiental se vuelven referentes fundamentales. 

Antes, lo que pasaba en China nos tenía sin cuidado o nos preocupaba sólo por razones ideológicas; hoy, nos afecta profundamente. Los precios del petróleo, del acero y del cemento se volvieron chino-dependientes. 

En esencia, todo se está moviendo; los puntos de referencia no son los mismos ni están en el mismo sitio. Por lo tanto las viejas soluciones ya no encajan en los nuevos desafíos. 

Frente a esta nueva realidad, atributo de los tiempos actuales, es imperioso promover nuevas expresiones de liderazgo capaces de entender y aprovechar las nuevas dinámicas sociales. 

El cambio es multifacético e integral; actúa en todas las direcciones y dimensiones de la existencia; abordarlo en su inmensidad nos potencia, nos hace fuertes y promisorios. Necesitamos ser fanáticos del cambio y no del conservadurismo a ultranza. 

Todo está en construcción, nada es definitivo, ni está concluido. 

Las Leyes, las normas, los códigos, los procedimientos, los sistemas, las fórmulas, los rituales, los conceptos; están en permanente movimiento. El único casamiento verdadero es con el cambio; otros, pueden llamarlo el mejoramiento continuo. 

Quiero ahora referirme a la evaluación del aprendizaje, una temática que apunta al corazón de la acción educativa formal y que pone en perspectiva la manera como se adquiere el conocimiento y como él se transfiere y se valida frente a la sociedad. 

Estamos acostumbrados a concebir el aprendizaje como el resultado de los conocimientos acumulados más una cierta destreza para razonar; poco o casi nada le dejamos a la esfera de lo práctico, de lo intuitivo, de lo biológico, de lo oculto a los ojos. 

Concebimos la formación de manera reduccionista, como la elaboración de un objeto sólido que necesita fundamentos a la manera de una construcción, imaginando que hay que ir agregando capas como hileras de ladrillos, de manera lineal y secuencial, y nos asombra que pueda llegarse a altos niveles de conocimiento sin que se atienda a este modelo ordenado. No nos cabe en la cabeza la simultaneidad, o la vía inversa de aprender. 

Poco caso hacemos de los ejemplos que nos ofrece la realidad cotidiana, abrumándonos de ejemplos, de seres humanos que alcanzan elevados niveles de conocimiento sin el rigor de los currículos y muchas veces contra el rigor de los currículos. 
Las universidades quizás sin pensarlo mucho, han hecho uso de los honoris causa para legitimar lo que la sociedad ya ha hecho de sobra, reconocer la idoneidad intelectual y profesional de los llamados autodidactas. 

En los últimos años han aparecido nuevos enfoques sobre la adquisición de conocimientos y sobre el mismo intelecto. 

Ya es lugar común hablar de inteligencias múltiples y de procesos meta cognitivos complejos que le reconocen al subconsciente un rol, incluso central, en términos de la capacidad de aprender. Es posible que resulte más importante enseñar el amor por la ciencia que los contenidos científicos en particular. 

La neurolingüística, una disciplina que estudia los mecanismos del cerebro humano que posibilitan la comprensión, producción y conocimiento del lenguaje, ya sea hablado, escrito o con signos, empieza a ser considerada como una ciencia fundamental en los procesos del aprendizaje. 

Lo audiovisual emerge como un iceberg, cada vez copando más los espacios de comunicación, y por ende capturando más los procesos mentales. 

La digitalización de la información y su acumulación en poderosas redes con acceso abierto a través del Internet, desplazan el valor del docente como proveedor de información, privilegiando el aprendizaje autónomo. 

El advenimiento de la televisión digital y sus potencialidades interactivas, la educación creciente a través de las redes; en fin, las nuevas mediaciones para generar aprendizajes, exceden lo conocido. 

El desarrollo de poderosos artefactos portables que permiten la comunicación audiovisual a cualquier nivel, desafía la imaginación. El aula de clase se ve conmocionada en su concepción clásica. 

Permítanme amontonar esta seguidilla de nuevos hechos, conceptos y enfoques para hacer evidente la necesidad de re-examinar los asuntos del aprendizaje y su evaluación, en términos de nuevos paradigmas que tomen en cuenta el progreso del conocimiento humano. 

Es imperativo hacer un llamado a la reflexión de quienes participan como actores en los procesos pedagógicos. 

No creo de otra parte, que sea válido hoy en día apertrecharse en la tradición para evadir la necesidad imperiosa de buscar nuevos caminos y alternativas para enfrentar la educación y la evaluación. 

El trabajo con la mente humana no puede administrarse con rigidez; su propia complejidad invita a la exploración. 

Nadie nos va a entregar la alquimia que produzca las obligadas mutaciones que apenas como ley natural son imprescindibles; son los mismos académicos y las instituciones los que debemos abrirnos al cambio con una mentalidad innovadora. 

Debemos sintonizar la academia con las corrientes que en el mundo están re-conceptualizando las formas de hacer educación. 

En esta lógica, creo que los esfuerzos que se hacen para pasar de los contenidos a las competencias no deben causar mayor asombro, lo mismo podría predicarse de los llamados ciclos propedéuticos en la formación, son nuevas formas que tienen sentido y derecho a la experiencia. Otro tanto puede decirse de la certificación y re-certificación de los aprendizajes. 

Definitivamente el llamado a la erudición como paradigma del saber debe cederle el paso a aquel que centra su fortaleza en la capacidad de hacer. 

El culto irreflexivo a las titulaciones debe migrar hacia la certificación de competencias, y ellas no solo se adquieren en los procesos formales de la educación; los informales y la misma práctica son fuentes indudables de aprendizaje. Además, ellas, las competencias requeridas, van variando en el tiempo, no pueden ser escritas en piedra. 

Con esta introducción quiero hacer visible el nuevo contexto que enfrenta la educación y la educación superior en particular, cuyo examen invita a poner en tela de juicio todo lo que conocemos hasta hoy con relación a la educación y en particular a evaluación del aprendizaje: 

¿Cómo debemos medir el aprendizaje? ¿Con qué herramientas? ¿Qué es lo importante a evaluar? ¿Debe ser un continuo, un hecho terminal, o ambos? ¿Se pierde la totalidad de un curso o la parte específica que se evalúa? ¿Son aconsejables los exámenes de suficiencia? ¿Cuándo la evaluación es satisfactoria? ¿La evaluación debe ayudar al aprendizaje o sólo tiene una función de control? ¿Cómo se vincula el saber con el saber hacer en la evaluación? ¿Debe la evaluación ser acto en frío de medición, desprovisto de consideración por el estudiante o debe considerar las circunstancias del evaluado? ¿Se evalúa el docente en la evaluación? ¿Cómo se enfrenta la evaluación en los procesos de formación virtual? ¿Cómo está incidiendo la evaluación en las altas tasas de deserción? Y ¿Qué puede hacerse desde la evaluación para ayudar a la retención de los estudiantes en el sistema? 

Todas estas preguntas y muchas más son apenas interrogantes abiertos que debemos poner sobre la mesa, y tratar de encontrar respuestas a la luz de las nuevas realidades educativas.

Ya no podemos irnos por el fácil atajo, de decir que como se ha hecho ha funcionado; estamos frente a la necesidad imperiosa de replantear lo que creemos conocido, solo así estaremos honrando la función crítica que debe animar la búsqueda del conocimiento. 

Sin embargo, es bueno aclarar que el universo de la evaluación sigue sin mayores variaciones en el sistema universitario en general. Las nuevas miradas y enfoques apenas empiezan a desperezarse en el horizonte. 
Las transformaciones en el aula son mínimas, mientras la tecnología no da tregua renovándose de manera incesante, los docentes poco evolucionan perdiendo la atracción natural que deben ejercer y dejando a la deriva la suerte del proceso educativo. 

La pedagogía tiene que cambiar; los ritmos son diferentes y los educandos vienen con nuevas habilidades: la era de lo digital, de lo interactivo. Un poema, hoy en día no es suficiente para capturar la atención de un muchacho del común; se requiere de mayor imaginación. 

Todo el mundo es susceptible de aprender, depende del método. Hasta los animales lo logran. 

Los educadores deben ser maestros en el sentido más amplio de la palabra; deben ser maestros de vida y acompañar a los educandos en todas sus facetas. Los jóvenes de hoy padecen el ensimismamiento provocado por las culturas emergentes, asociadas a la imagen, los video-juegos, la interactividad, los realities, etc. 

Un nuevo tipo de docente es necesario para un nuevo tipo de estudiante. Hay que llevar la revolución al aula. El docente no solamente debe enseñar un contenido disciplinar, debe enseñar a caminar en la vida. El docente, debe ser un tutor, que vele por el desarrollo de la persona a su cargo, no desde la distancia de un estrado, sino junto a él como su compañero.

Lo curricular es importante, pero no es lo esencial, lo extracurricular es clave para la vida del estudiante. 

Involucrarse en actividades sociales, participar en organizaciones, formular y liderar proyectos, desarrollar habilidades que serán determinantes para el futuro. Todo ello cuenta a la hora de moldear un profesional. 

El estudiante de las mejores calificaciones, a veces no coincide con el más exitoso en el mundo laboral; ello cuenta, pero hace falta más. 

Hay valores en el mundo del trabajo que le agregan un gran valor al desempeño laboral de las personas; me atrevo a mencionar algunos heredados de mi experiencia: 

Ser prudente con la palabra y ser leal con el superior. No estoy hablando de nomenclaturas ni de autoritarismo, me refiero al concepto de responsabilidad organizacional. 

Nadie sabe los daños que puede provocar una opinión imprudente para el futuro de una persona. He visto caer a mucha gente de encumbradas posiciones por decir lo que no debe. 

Nada es más difícil que recoger lo mal dicho. 

Nada rueda más fácil que un chisme y nada encoleriza más que ser víctima de la deslealtad. Nada enamora más que un ser leal. 

Mantener el control del rol que se desempeña, no tratar de arrollar al superior jerárquico; se puede ser mejor, es mas, lo ideal es que lo sea, pero cuidar de caer en el exceso para demostrarlo. No provocar el recelo; más bien despertar la confianza. 

En la vida existen las compensaciones: a uno le llega el turno cuando le debe llegar. Por mucho madrugar no amanece más temprano. La lealtad nunca será un bien en desuso. 

Todos necesitamos en algún momento de una mano amiga; por inteligentes, afamados, o respaldados que estemos siempre la ayuda será necesaria, por ello hay que ser grato y delicado con los demás. La arrogancia y la autosuficiencia nos empequeñecen. La modestia, la humildad, la delicadeza, en cambio, nos elevan, nos hacen grandes. 

Hay que aprender a ponerse en lugar del otro y ser capaz de oír. Los seres humanos somos imperfectos, no homogéneos. Otros ven lo que no vemos. Saber escuchar, desarmarse para escuchar al otro, siempre será una oportunidad en vez de una amenaza. 

Hay que darle opción a la complejidad, nos enseñamos a vivir de silogismos; si A entonces B, y resulta que eso no es tan cierto, hay emergencias a partir de simultaneidades. Hay que dudar de lo obvio. 

Lo único seguro es lo inseguro. Hay que estar preparado para lo inesperado y aceptarlo como una ley de la vida. Por donde menos se piensa salta la liebre, lo importante es no derrumbarnos, ni auto culparnos. Hay que afrontar la sorpresa como algo natural y aprender de ella. El caos era visto como sinónimo de deficiencia, de error; hoy es visto como el camino de la innovación, del cambio, de nuevas soluciones. 

Aprender a confiar en los demás; soltar la cuerda, dejar hacer y no pretender coparlo todo. Ah, y lo más importante, tomar riesgos. Sin riesgos no hay paraíso. Hay que darles oportunidades a los demás para mostrar sus capacidades. Si mis subalternos son buenos y se lucen, también yo me luzco. 

Focalizarse en lo grueso, dejar la menuda a los demás. Centrar la acción en dos o tres proyectos transformadores y no desampararlos sin perjuicio de las demás responsabilidades. 

Rodearse de gente buena; tan buena o mejor que uno mismo. Separar lo personal de lo laboral, no seleccionar el equipo de trabajo por razones diferentes a la idoneidad. No hay nada más inconveniente que entregar una responsabilidad por compromiso o por solidaridad. Lo que empieza mal, siempre termina mal. 

Evadir el chisme, y la participación en combos. Las tensiones, las diferencias y los intereses, son inevitables en las organizaciones; el ejecutivo debe estar por encima del bien y del mal. Procurar por no dejarse involucrar; hacer oídos sordos al chisme y desautorizarlo. 

Mantenerse informado, usar los sentidos de los demás. Estar alerta a lo que ocurre más allá de uno, que es diferente a recibir chismes. Hay que intervenir oportunamente. 

Ojo con la irreverencia sistemática, los canales y las jerarquías deben respetarse; los pájaros no pueden tirarle a las escopetas. Excepto que haya razones muy fundadas y demostradas, el superior tiene la razón. La primera oportunidad siempre la debe tener el superior, no el subalterno. Hay que generar confianza. 

Los seres humanos somos sensibles al elogio, no podemos ser mezquinos con él. Los reconocimientos enamoran, crean autoestima y compromiso con la institución. Son un mecanismo creado por la sociedad desde tiempos inmemoriales, hay que contar con ellos. 

Igualmente nada hiere más que atacar a las personas en su dignidad. 

No descalificar a las personas, ir a las ideas y no a la moral de las personas, hacer eco de aquella invitación a ser duro con los argumentos y suave con las personas; la moral se practica más que se predica. 

Recuerden que no hay verdades absolutas y lo que hoy es, o parece ser, mañana no es. 

Recordar que la gente puede cambiar y que el que se equivoca tiene el derecho a corregir. Témanle a los que se especializan en vetar a las personas y hacen de ello el evangelio principal. La vida le da a uno muchas lecciones. 

Trabajar con pasión, amor, entrega y solidaridad, pensando en grandes cosas para la gente y la sociedad y no solo para el ego. 

Es fundamental huirle a los fanatismos y a las polarizaciones; los extremos generan extremos; el fanatismo y especialmente el político producen cegueras insuperables, nos aprisiona en nuestra diminuta verdad; no nos deja ver el bosque. Las tentaciones para abrazar los extremos son incesantes, quizás los humanos tenemos la tendencia a ellos. 

Pero quizás lo más importante predicar con el ejemplo, todos en el buen sentido somos educadores; no hay nada más letal que la incoherencia; los valores no solamente se predican, se practican. 

Pero volvamos al conocimiento, aunque él se ha vuelto desencadenante de progreso y el mayor generador de valor, los desequilibrios sociales han seguido profundizándose y el deterioro al medio ambiente continúa amenazando de manera alarmante la suerte de la humanidad. 
Siendo el conocimiento el motor transformador por excelencia, las instituciones educativas deben trascender de la simple formación de profesionales para avanzar hacia otros ámbitos y dominios que permitan incidir en la sociedad para transformarla en términos del desarrollo humano. 

Hay que correr el velo que por mucho tiempo nos distancia de lo real, y penetrando el acontecer social, formularnos con franqueza algunos interrogantes y tratar de resolverlos: 

¿Somos conscientes de los impactos que estamos provocando en lo positivo o en lo negativo? Francamente muy poco; más bien hemos estado lejanos de las verdaderas dinámicas sociales que actúan en la sociedad y la modelan, cuando no encerrados en un autismo paralizante. O quizás lo que es peor responsabilizando a los demás, una cómoda práctica que suele tener asiento en los humanos. 

¿Tenemos alguna responsabilidad en la construcción de una cultura que no respeta la vida de los semejantes? 

¿Tendremos alguna responsabilidad por acción o por omisión, con el desinterés de la sociedad por la naturaleza y el medio ambiente? 

¿Será posible que la violencia, el narcotráfico, la prostitución infantil, la corrupción, el irrespeto a la ley, entre muchas otras sean conductas y culturas, de las que somos ajenos por completo? Creemos que no. 

¿Será normal que una sociedad no asuma compromisos cuando una gran parte de ella está en condiciones de pobreza e indigencia; y cuando la primera infancia que sobrevive llega a los ciclos de la educación formal malnutrida y por supuesto con daños irreparables? 

¿Cómo vamos a aportar al cumplimiento de los objetivos de desarrollo del milenio? 

¿Será que la competitividad de las regiones es un asunto solo de los Gobiernos y los empresarios, mientras las Universidades pasan de lado como observadores? Por supuesto que no, ellas no solo deben involucrarse sino aportar a ella. 

¿Será que el calentamiento global no nos compete? 

¿Nos quedaremos de historiadores y comentaristas del desastre? 

El mundo tiene enormes e inmensos problemas que no pueden pasarnos por el lado sin pena ni gloria. 

La educación en todos sus niveles tiene que plantearse interrogantes y dilemas de esta naturaleza, y desde luego actuar en consecuencia. 

La pertinencia y la responsabilidad social hay que examinarlas a la luz de estas temáticas. 

No es una tarea sencilla, hay que moverse con sabiduría enfrentando y resolviendo tensiones de diverso orden que complejizan la acción. 

No obstante que a veces es ardua la tarea, las universidades se están moviendo de manera innovadora dentro de sus capacidades para asumir los nuevos retos; es verdad que apenas estamos despertando, pero lo importante es que ya estamos en marcha. 

Es mucho lo que la relación Universidad-Empresa-Estado-Sociedad Civil puede proveer en oportunidades para el accionar universitario en términos de pertinencia y responsabilidad social. 

Los planes de desarrollo de los entes territoriales, los de competitividad y los de las Universidades deben articularse y fortalecerse mutuamente. 

Los propios planes de desarrollo de las universidades deben ser oportunidades para interactuar con la comunidad al más amplio nivel. La labor educativa debe trascender los linderos de los campus y llegar a todos los actores propiciando la construcción de nuevas visones y capacidades. 

La investigación, sin abandonar la ciencia básica, debe enfatizar la aplicada atendiendo a las necesidades regionales; tanto en lo productivo como en lo social. 

Las ofertas académicas no solo deben moverse con las señales del mercado, sino que deben apuntalar las apuestas de competitividad y de desarrollo humano. 

Las comunidades universitarias deben bajar del Olimpo e involucrarse con la sociedad. 

Las universidades deben romper su silencio y ejercer su pensamiento crítico con libertad, pero a la vez deben arrojar luces sobre futuro y propuestas de política pública a los Gobiernos. 

Los grandes problemas de la humanidad y las estrategias para enfrentarlos deben atravesar los currículos visibles y ocultos de las universidades. 

Las universidades deben contribuir a la comprensión del proceso de transformación social global con características negativas que está emergiendo y suscitar el debate global sobre la imperiosa necesidad del cambio. 

Las universidades deben construir el conocimiento que sustente el funcionamiento de la sociedad responsable. 

Las universidades deben formar a los nuevos líderes sociales con las adecuadas competencias para conducir la sociedad hacia la responsabilidad social y por ende hacia el desarrollo humano. 

Y esto no podrá hacerse debidamente sino aprendemos a leer las realidades de las culturales emergentes, a reconocerlas y a intervenirlas con nuevos e innovadores abordajes. 

A todo lo anteriormente descrito es a lo que llamamos responsabilidad social en el ámbito de las Universidades pero que tiene sentido solo si en el más amplio concepto de la Educación y sus Instituciones, formales e informales, asumimos una nueva visión que la haga coherente. 

Estimados amigos, hasta aquí llegan mis reflexiones, espero haber despertado en ustedes al menos la inquietud y que algunos de mis consejos sean de utilidad. 

Muchas gracias, 

Luis Enrique Arango Jiménez 
Rector 
Universidad Tecnológica de Pereira

Fecha de expedicion: 2009-10-09